Entrevistar a Amaya Valdemoro es como subirse al vagón de una montaña rusa a ciegas. Sabes que el viaje va a merecer la pena, pero no tienes ni idea de qué giros va a tomar la conversación. Ni falta que hace. La velocidad con la que concatena temas, hila pensamientos y salpica de emociones aquello que cuenta, recuerda a su manera de moverse en la cancha de baloncesto. Amaya siempre ha sido y sigue siendo alguien pasional, que lo vierte todo, que es como es, y que entre guardarse algo y compartirlo no vacila: pertenece a la Cofradía del Compartir. Y de eso va este escrito: de lo quiere compartir con aquellos deportistas en activo que algún día cruzarán el puente hacia un nuevo destino profesional.

“Yo soñé con ser lo que he sido. Con conseguir lo que he conseguido. Cuando de repente se acaba el sueño, la realidad puede convertirse en una verdadera pesadilla”. Así, sin despeinarse, comienza ese relato de la transición que sí o sí toca afrontar cuando llega el momento de la retirada. 

“Yo me retiré de una forma privilegiada, levantando la Copa de Europa. Pero los dos años anteriores fueron una agonía. Mi cuerpo pedía que parase a gritos. Y no me quedó otra que escucharle.” 

Nada más dejar el baloncesto, casi sin darse cuenta, se encontró aceptando dos oportunidades laborales: una en Moviestar y la otra en la Federación Española de Baloncesto.  Se sabe afortunada, porque, palabras textuales “no tenía ni idea de qué quería hacer después” y esas ofertas me dieron una dirección, pero no titubea al definir su transición como “muy, muy dura”. Los días los tenía ocupados, pero sin esas rutinas que habían ordenado su vida hasta entonces. A ese cambio se le sumó el no poder practicar deporte. Su cuerpo había dicho basta, y el frenazo en seco le generó taquicardias, subidas y bajadas emocionales y cuenta que hasta el olor corporal le cambió. Cuando no te reconoces a ti misma algo hay que no funciona como debe. El impacto físico y psicológico fue brutal. “Aunque hacía lo que se esperaba de mí, y de cara a la galería todo marchaba fenomenal, la procesión iba por dentro”. 

Se mete de lleno en ese concepto tan evitado por la mayoría de los deportistas profesionales: la vulnerabilidad. La imagen que se tiene de ellos, y que ella cree muchos deportistas alimentan, es la del superhéroe. Ese capaz de sacrificar el que más, entrenar sin descanso y conseguir récords casi inhumanos. Pero la realidad es que el deportista es vulnerable. Y en el momento de la retirada más que nunca.  Por ello afirma categóricamente que “los deportistas necesitamos tener los pies en el suelo. Si no, el ego se hace muy grande, y luego no permite bajar a la tierra. El resultado, muchas veces, se traduce en caídas en picado, sin poder o saber pedir ayuda cuando el miedo o las inseguridades hacen acto de presencia. 

A Amaya lo de pedir ayuda le cuesta tanto como pedir un vaso de agua. Es decir, nada. Han sido varias las veces en que ha contado con el apoyo de un psicólogo para sortear los embates emocionales de la vida, y no tiene reparo alguno en decir que les estará eternamente agradecida. Gracias a esos años de terapia desembotó emociones que no le permitían jugar al nivel que quería, gestionar otras que le hacían daño y aprendió a conocerse mejor. La última vez que buscó ese apoyo fue de forma preventiva, tras su regreso de Rusia, para preparar su retirada. Ser testigo de transiciones muy duras en su entorno más cercano fue una llamada de atención. Como ella dice “le vio las orejas al lobo” y se lo tomó muy muy en serio. Y aunque cuando su retirada llegó fue más dura de lo imaginado, ya contaba con herramientas para por lo menos, hacerle frente.

“Creo que todo el mundo debería contar con la ayuda de un psicólogo o coach. Cuanto más abierto de mente estés y más receptivo seas, mayor beneficio sacas de ese acompañamiento. A mí me libera. Me da paz. Y francamente creo que nos iría mucho mejor en el mundo deportivo si nos desprendiéramos de esa coraza de hierro tan limitante y aprendiésemos a pedir ayuda” 

Habla de los muchos “juguetes rotos” que tenemos en España. Y por eso hace hincapié en que no es solo responsabilidad del deportista el prepararse para el día después, sino también de los Clubes, Federaciones e Instituciones gubernamentales. “Es muy triste que mientras eres un producto que genera dinero se te mantenga en una burbuja, pero en el momento dejas de ser esa “estrella” se te deje caer así sin más”. 

Cuando le pregunto acerca de su rol como comentarista deportiva se ríe. “Me gusta mi trabajo. Utilizo mi competitividad para eso, para ser mi mejor versión en esta nueva faceta profesional. ¡Anda que no he mejorado en estos cinco años! No me comparo con mis compañeros, que son enormes y además llevan mil años ya aquí, sino que pongo el foco en cada día aprender y dar lo mejor de mí”. Pero según termina esta frase la concatena con otra en la que reconoce que no va a encontrar nada que le llene tanto como lo hizo el baloncesto. Se trata, argumenta, de encontrar algo que te motive y aprender a convivir con esa nueva realidad. 

Y saber transmitir todo aquello que el deportista ha adquirido durante su vida profesional. Saben convivir con la presión (se les juzga en cada entrenamiento y partido), tienen una constancia y determinación poco comunes, capacidad de sacrificio, entienden lo que es trabajar por conseguir un objetivo común, tienen un nivel de exigencia personal innato… Lanza desde aquí el guante a las empresas para que se atrevan a dar esa oportunidad a los deportistas retirados, y se dejen sorprender.

Son muchas las charlas motivacionales que le invitan a dar en multinacionales y otras organizaciones, y cree que debería de brindarse también la oportunidad a los jóvenes atletas de escuchar a quienes ya han estado ahí. Aprovecho para, elegantemente, invitarla a hablar a esos deportistas en algunas de las formaciones que para ellos organizamos en Themoove. Se ríe con esa risa franca suya y dice que estará encantada. Palabra de Amaya. 

Son muchos más los temas que surgen en esta conversación. Los loops con Amaya pueden ser infinitos… los dejo en el tintero para otra ocasión. El viaje, como era de esperar, una vez más ha merecido la pena. Gracias Amaya Valdemoro. 

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